«El capi­tán Ball debió ser sin duda el líder del escua­drón “anti-Richtho­fen”. Des­pués de esto me temo que se les hayan qui­ta­do las ganas de per­se­guir­me. Sería una lás­ti­ma, por­que íba­mos a per­der unas opor­tu­ni­da­des pre­cio­sas de cazar ingle­ses».

El as de la avia­ción más letal de la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, reco­no­ce en sus memo­rias que la deci­sión de pin­tar su avión de un color rojo chi­llón, fue fru­to de un impul­so, mas que una estra­te­gia sope­sa­da:

«No sé por qué razón se me ocu­rrió un buen día la idea de pin­tar mi aero­plano de color rojo vivo. El resul­ta­do fue que mi pája­ro escar­la­ta lla­ma­ba la aten­ción de todo el mun­do; un deta­lle que, al pare­cer, tam­po­co se le esca­pó al enemi­go.»

Pero aque­lla acción, a todas luces irra­cio­nal, pro­du­jo toda una serie de con­se­cuen­cias psi­co­ló­gi­cas y prác­ti­cas, que lle­va­rían a aque­llos pilo­tos ale­ma­nes a pro­ta­go­ni­zar uno de los mayo­res hitos de la his­to­ria de la avia­ción.

La pri­me­ra señal de que algo esta­ba pasan­do, la reci­bió el pro­pio Man­fred, tras derri­bar un Vic­kers bipla­za inglés, al que, por com­pa­sión con el adver­sa­rio, deci­dió no aba­tir, obli­gán­do­le a ate­rri­zar:

«Eran los pri­me­ros ingle­ses que había con­se­gui­do derri­bar con vida y me diver­tía poder estar ahí con­ver­san­do con ellos. Les pre­gun­té entre otras cosas si habían vis­to ante­rior­men­te mi avión. “Oh, yes”, me res­pon­dió uno de ellos, “a éste lo cono­ce­mos muy bien, le lla­ma­mos le petit rou­ge”.»

Poco tiem­po des­pués “le petit rou­ge” ya no resul­ta­ba des­co­no­ci­do para nadie, ni tan siquie­ra para las tro­pas enemi­gas de infan­te­ría; y aquel avión rojo pasó a ser cono­ci­do por el sobre­nom­bre de “le dia­ble rou­ge”. Tal fue la fama que lle­gó a adqui­rir entre el enemi­go que, en abril de 1917, el alto man­do bri­tá­ni­co orga­ni­zó un escua­drón espe­cial, el escua­drón “anti-Richtho­fen”, que vola­ba exclu­si­va­men­te en el área don­de ope­ra­ba el Barón Rojo, con la misión de cap­tu­rar­le o derri­bar­le.

«Debo acla­rar que había­mos pin­ta­do del mis­mo rojo chi­llón todos los apa­ra­tos de nues­tra escua­dri­lla, pues para nues­tros ami­gos no era nin­gún secre­to que yo vola­ba en un avión rojo de com­ba­te. Pero aho­ra todos noso­tros volá­ba­mos en el mis­mo avión y me ima­gi­né la cara que pon­drían esos ingle­ses al reco­no­cer a lo lejos, no sólo un aero­plano rojo, sino toda una doce­na. Aun­que esto no les impi­dió inten­tar ata­car­nos.»

«A mi me pare­ció per­fec­to: es pre­fe­ri­ble que los clien­tes ven­gan a uno, a que uno ten­ga que ir a bus­car­los.»

El Barón von Richtho­fen lo tenía muy cla­ro, la mejor for­ma de encon­trar a tu siguien­te pre­sa, es dejar que esta te encuen­tre a ti pri­me­ro. En este sen­ti­do no deja de sor­pren­der­me que, en muchas oca­sio­nes, sean los direc­to­res de mar­ke­ting y comer­cia­les los que, celo­sos de su inti­mi­dad, más medi­das toman para ocul­tar al públi­co su direc­ción de correo elec­tró­ni­co.

En el extre­mo opues­to encon­tra­mos el sec­tor de la abo­ga­cía, a los que bien podría­mos imi­tar. Como podrán obser­var visi­tan­do sus sitios Web, la mayo­ría de los abo­ga­dos no tie­nen nin­gún repa­ro en publi­car abier­ta­men­te su direc­ción de email. Esto es un alar­de de ins­tin­to depre­da­dor, del que pare­cen ado­le­cer la mayo­ría de nues­tros comer­cia­les.

La estra­te­gia comer­cial sur­ge fru­to de la obser­va­ción, si no per­mi­te que las per­so­nas con­tac­ten con usted, ¿cómo detec­ta­rá las nue­vas nece­si­da­des? y la per­cep­ción que la socie­dad, el mer­ca­do y sus clien­tes tie­nen sobre su empre­sa, ¿tam­po­co le intere­sa? ¿O se tra­ta del efec­to “caza­dor caza­do”?, como cono­ce a los comer­cia­les, pre­fie­re “elu­dir la pelea” y man­te­ner­los ale­ja­dos.

¿No se ha plan­tea­do nun­ca la can­ti­dad de infor­ma­ción que le pue­de apor­tar una lla­ma­da o visi­ta comer­cial? Cam­bios en la cúpu­la direc­ti­va, nue­vos pro­duc­tos, estra­te­gias de posi­cio­na­mien­to, inver­sión en equi­pos, ofer­tas comer­cia­les, acuer­dos finan­cie­ros … En defi­ni­ti­va, si usted sabe redi­ri­gir con ele­gan­cia la reu­nión comer­cial, dejan­do la puer­ta entre­abier­ta, su cole­ga de pro­fe­sión le pue­de apor­tar toda la infor­ma­ción nece­sa­ria para detec­tar obje­ti­vos, iden­ti­fi­car nece­si­da­des, valo­rar en qué medi­da sus pro­duc­tos o ser­vi­cios pue­den enca­jar y obte­ner con­tac­tos de inte­rés. Y para decir “no”, siem­pre hay tiem­po, ¿no cree?

«De inme­dia­to el espí­ri­tu ofen­si­vo del enemi­go se vol­vió defen­si­vo; ya tenía­mos la sar­tén por el man­go. Me fui direc­to hacia mi rival y aún pude ver muy rápi­da­men­te como Wolff y mi her­mano hacían lo mis­mo, cada cual con uno de los otros dos tipos. Arran­có enton­ces el bai­le de cos­tum­bre, volan­do en círcu­los unos detrás de otros. Un vien­to a favor nos ayu­da­ba arras­trán­do­nos más allá del fren­te, rum­bo a Ale­ma­nia.»

«El mío fue el pri­me­ro en caer; acer­té de lleno en su motor … Mien­tras tan­to, Wolff y mi her­mano aco­sa­ban a sus riva­les y los obli­ga­ban a ate­rri­zar no muy lejos de don­de había caí­do el mío.»

«Vol­vi­mos a casa muy satis­fe­chos y desean­do que el escua­drón “anti-Richtho­fen” nos visi­ta­se más a menu­do.»

Si su depar­ta­men­to tec­no­ló­gi­co cree que el spam es direc­ta­men­te pro­por­cio­nal a la infor­ma­ción que se ofre­ce al mer­ca­do. Si des­co­no­cen dife­ren­tes alter­na­ti­vas para publi­car correos elec­tró­ni­cos de for­ma que no pue­dan ser iden­ti­fi­ca­dos por ara­ñas y extrac­to­res auto­ma­ti­za­dos de email. Si no cono­cen las dife­ren­tes herra­mien­tas que exis­ten para fil­trar los correos entran­tes o no saben como blo­quear cuen­tas de email, nom­bres, expre­sio­nes … direc­ta­men­te en el ser­vi­dor. Es decir, si no son capa­ces de man­te­ner, en la medi­da de lo posi­ble, su buzón de correo libre de spam, sin limi­tar drás­ti­ca­men­te sus opor­tu­ni­da­des de nego­cio. Qui­zás ha lla­ga­do el momen­to de que selec­cio­ne un equi­po más capaz, que le per­mi­ta pin­tar su avión de rojo y no pasar tan des­aper­ci­bi­do.

Publi­ci­dad

Si ade­más, su res­pon­sa­ble tec­no­ló­gi­co es de los que le reco­mien­da no res­pon­der a los email de “des­co­no­ci­dos”, hacién­do­le que­dar como un mal­edu­ca­do ante per­so­nas a las que pue­de nece­si­tar maña­na; no lo dude, tie­ne con­tra­ta­do alguien que ni tan siquie­ra sabe que exis­ten mul­ti­tud de herra­mien­tas, que per­mi­ten a los spa­mer tener cons­tan­cia de la entre­ga de los email e inclu­so saber cuán­do y cuan­tas veces fue abier­to cada uno de ellos.

Simón de María Nolan
Direc­tor de Econ­te­ni­dos